La lista (Un CreepyPasta recreado)


El coche estacionado frente a casa era mi refugio surreal, desde allí, sumido en letargo observaba la cerrazón caer silente, mientras la noche poblábase de estrellas.

Sin pensarlo, respondí al llamado del teléfono.

­—Hola, hijo. Antes de llegar a casa, ¿pasarías por un poco de pan y leche?

­­—Sí mamá. Ahora voy.

No quise incomodarla, encendí el motor y me alejé rumbo al supermercado.

Revisé góndolas con automatismo de reloj, junté un paquete de pan y dos cajas de leche. Caminé entre el apagado bullicio de quienes compran todo a última hora, olores de ropa pegada a la piel, traspiración e inquietud por esperar su turno en caja rápida. Al fin llegué.

—¿Tomas varios litros al día, no? — Preguntó la cajera.

El comentario me pareció extraño, soy intolerante a la lactosa. No respondí, pagué en silencio, volví al auto y atravesé las cuadras faltantes hasta mi casa.

“Puerta principal cerrada. Gracias mamá” suspiré.

Bordee la vivienda si encontrar una ventana abierta, por suerte la puerta trasera estaba sin llave.

Dentro, la oscuridad se movía como humo, y el olor se apelmazaba a mis fosas nasales.

“Rata”, pensé. “Atrapada, habrá muerto”.

Llamé a mamá y no contestó, caminé hasta la sala donde ella era iluminada por luces de un programa de ventas, sentada en el sofá, quieta, sin responderme.

La cocina era un basurero, habían muchas más cajas de leche.

¿Para qué me habrá pedido que busque otras?

El pan se sucedía desde hogazas endurecidas hasta mohosos bloques, habitáculo de cucarachas que pululaban felices extendiendo sus bigotes sobre las veinte o treinta bolsas aún por descomponerse. Las cajas de leche se apilaban sobre el piso mugriento. Empujé un poco de ese basural y acomodé las bolsas.

—¿Mamá que te pasa, cuando pensás limpiar éste lugar? — Grité.

Me acerqué y acaricié su brazo izquierdo pasando por el muñón del cuello hasta alcanzar el hombro derecho. Solo recién me di cuenta.

Con mirada grotesca, los ojos de mamá escudriñaban el cielorraso desde su desprendida cabeza, en perfecta alineación sobre el regazo. Arrancada de forma traumática, con un serrucho quizá, la piel discurría irregular con algunos flecos de carne esparcidos por el suelo, pegoteados hasta la pantalla del televisor.

Cubrí mi nariz y me alejé tastabillando mientras gritaba de horror, apenas hallé el teléfono en mi bolsillo y llamé al 911.

Esperé, esperé y esperé… Cuando me di cuenta el lugar estaba lleno de policías. Alguien, un forense al parecer, me pidió que saliera de la casa y esperara dentro del auto. Mientras caminábamos, explicó:

—Murió hace una semana. ¿Sabes?

—Imposible—. Espeté.

El meneó la cabeza y yo entré al coche.

Desde el asiento del conductor, observé cuando hablaba con un oficial, leí sus labios, “quiz…frenia”.

¿Habrá dicho esquizofrenia?

Cavilé desorientado.

Achiqué mis párpados intentando concentrarme, “alucinación” fue otra palabra que cacé, “repite el evento traumático en su cabeza”, fue lo siguiente.

Al fin entendí, y suspiré relajado. Están hablando de algún otro caso.

¡Qué falta de respeto!, conversar sobre anécdotas policíacas mientras alguien entró a mi casa y acabó con mi pobre viejita.

Suspiré e intenté calmarme, observé la cerrazón cayendo silenciosa sobre el parabrisas, la noche estaba plena y el cielo poblado de estrellas sin luna. Sonó mi teléfono. Atendí sin pensar.

­—Hola, hijo. Antes de llegar a casa, ¿pasarías por un poco de pan y leche?

­­—Sí mamá. Ahora voy.

(El anterior es un CreepyPasta que decidí reescribir en primera persona)

Lucas Yuge

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